vida cotidiana

Un gato, un potus y una orquídea

Un gatito negro vino a buscar cobijo en la manta que tenía sobre las piernas, se hizo un bollito y quedó con el lomo contra mis muslos mientras que sus ojos amarillos y anchos me miraban como si me conociera desde hace siglos. Sus pasos eran firmes y pequeños. No sé en qué momento dejó aquel rincón bajo la estantería, no lo vi moverse, solo acurrucarse en sí mismo y mirarme.

En mi casa hay dos seres vivos más. Mi potus y mi orquídea. No concibo la vida sin un potus, son honestos, sencillos, aguantadores… Mi potus no me reclaman nada. Si me olvido de ponerle agua resiste hasta que me acuerde él. Sé que no morirá en la espera. Es como una prueba de amor que cada tanto le pido, y cuando veo que sus hojas todavía palpitan lo bajo por fin de su estante, lo llevo a la ducha y me dedico a él. Lo sostengo bajo la lluvia suave mientras le quito las hojitas amarillentas, acaricio limpiando la tierra de las demás hojas jadeantes que al paso mis dedos reviven. En un ratito ya empiezan a erguirse sus ramas desordenadas y vuelve a vivir. Sabe que no lo dejaré morir. Cuento con su lealtad.

Mi orquídea es más mimosa. Hace poco le puse unas piedritas y caracolas en la base de la maceta de vidrio transparente donde la tengo, lo hago por su bien, por su bienestar. La cuido, la beso suavemente, me quedo unos instantes observando sus recodos sin tocarla más porque ella tiene que aprender a confiar en su naturaleza. Ella y yo estamos reorganizándonos porque hemos pasado unos meses difíciles. Cuando iban bien las cosas me regaló veinte flores que brillaban cada mañana en mi salón. Apenas eran una vara tímida y yo ya estaba disfrutando de ellas, luego cubrieron con sus pétalos ese rincón y yo cada día celebraba su explosión. Ella es tan presumida que sin mi mirada se perdió, no sé si como venganza o como un firme gesto de camaradería empezó a remedar en su piel lo que pasaba en la mía. A las dos nos arrasó el pulgón, nos inundó y nos dejó la raíz a la intemperie. Yo no sé de dónde voy a sacar esas piedritas de colores.

Los ojos del gatito negro no se deprenden de mis ojos. Era un gato antiguo y cansado, pequeño, de gesto lento y mirada vivaz. Mi potus no se quejaría, pero no sé qué diría mi orquidea si le permito quedarse.