Familia

Un frío domingo, un velatorio y un chocolate caliente.

En la funeraria me dijeron «A partir de la una de la tarde estará el cajón instalado». Eran casi las diez de la mañana y tenía unas cuantas horas para desayunar tranquila, hacer las llamadas de teléfono correspondientes, organizarme e ir a la sala velatoria.

Si no iba yo, nadie iría. Me tocaba a mí ser la anfitriona de la despedida final de mi tía Susana. Mi padre, su hermano, no vivía en la ciudad. Llegaría, según me dijo, a eso de las siete de la tarde. Mi tono asombrado, demandante y exigente no hicieron mella en él cuando lo llamé a las siete y media de la mañana con el fin de que le alcanzara el tiempo para tomar el ómnibus de las nueve, uno de los dos que había los domingos desde Villa Tedoso. El segundo saldría recién a las tres de la tarde y sería el que por fin tomaría para venir. Me dijo que tenía obligaciones que atender, ¡obligaciones!

Se había ido a vivir a esa pequeña ciudad por motivos de trabajo en una época de nuestras vidas en la que todos necesitábamos cambiar de aire. Allí él era responsable de un espacio deportivo y recreativo de la Dirección de Deportes de la Provincia y solía participar de todos los actos del pueblo. Ese domingo estaría en el palco de autoridades levantado la tarde anterior frente a la plaza (la única), desde donde el Intendente dirigiría el acto conmemorativo de la emancipación de la Corona española en 1810. Como es tradición, emulando lo sucedido aquel día de la incipiente independencia, a las 12 del mediodía, y después del acto, se serviría un chocolate caliente con pastelitos dulces en la plaza y para todo el pueblo. Mi papá me dijo que “después del chocolate, vendría”. Obligaciones que atender… ¡obligaciones!

Hacía frío, era el 25 de mayo de 1997. El sol del veinticinco asomó y acompañó los actos conmemorativos de la fecha patria. Era domingo. Como dice la tía Beatriz «los entierros nos tocan o en fin de semana o en feriado», no falla.

Más temprano, alrededor de las seis de la mañana, sonó el teléfono. Rápidamente mi prima Amalia se levantó de la cama y atendió. Llamaban de la residencia geriátrica donde estaba viviendo la tía para avisarme que la estaban trasladando a la Clínica Quesada porque no se encontraba bien. Implícitamente me estaban diciendo que tenía que ir, que era importante. Amalia y yo nos pusimos en marcha, ella me acompañaría a la Quesada, y para que Finita, su hija, no se quedara sola llamamos a la tía Beatriz. La despertamos. Sorprendida por el hecho e intuyendo la gravedad del asunto, con un suave descanso en su mente recordó las tantas y tantas veces que a ella le había tocado mi rol y el de su hija, mientras rápidamente se preparaba para salir de su casa. Esta vez, el lado amable la requirió: quedarse a cuidar de su nieta mientras Amalia y yo íbamos a ver qué pasaba con mi tía Susana.

Tan pronto su madre llegó, mi prima y yo salimos a la calle, bien abrigadas y arropadas con la última oscuridad de la noche, rumbo a la emergencia… Era una incertidumbre que escondía lo esperado.

En el tercer piso de la Clínica todo estaba en silencio y penumbra. Todavía era de noche. Nos dirigimos a la habitación que nos indicaron en recepción y antes de entrar advertimos que el ascensor se abría a nuestra espalda. Volvimos ambas la mirada y vimos que la tía Susana venía en esa camilla. Nos hicimos a un costado y entramos tras ella en la habitación. La cama vacía era la primera que estaba al lado de la puerta, en la otra cama había una señora dormida. El camillero desplegó la cortina separadora y nos pidió ayuda para trasladarla a la cama asignada. Él por los pies, Amalia a su derecha y yo a la izquierda. Nos indicó que tomáramos los extremos de la sábana y la levantáramos los tres a la vez para posarla en la cama. Sus ojos estaban cerrados, creo que no estaba consciente. Salió el camillero de la habitación. Pocos instantes después la tía hizo una respiración profunda y se cortó en un gutural quiebre de aire seguido de la absoluta presencia de la nada.

Amalia y yo nos miramos.

Llamamos a la enfermería.

Fue un corte, como un corte de luz.

Rotundo.

Y así ella se fue, sin aspavientos.

Obedecimos al pedido del personal y nos retiramos de la habitación. Esperamos afuera, en el pasillo. El camillero nos miró mientras esperaba el ascensor, él tenía que seguir con su trabajo, y nosotras no sabíamos lo que teníamos que hacer.

Seguíamos fuera de la habitación. Como es habitual en mí ya no quise ver más. No veo muertos. Nunca lo hago. Solo me veía a mí misma y mis pensamientos.

Había que buscar funeraria, ver si esta mujer tenía algún seguro y demás. Pero hablando de seguro, lo único que había seguro es que me tenía que hacer cargo del asunto. Es reconfortante saber que cuando una decide hacerse cargo de sus asuntos descubre inmediatamente que se está sola. Esa soledad reconforta y, al reconocerla, se descubre que es una soledad acompañada de los suyos, de los que nunca te dejan en soledad infértil y desgraciada. Mi soledad de ese momento estuvo llena de presencias cariñosas y sostenedoras.

Cuando nos lo indicaron, fuimos a la Administración de la Clínica y muy amablemente me dijeron que podían mantener el cuerpo en su morgue hasta que yo resolviese los temas de la funeraria y del entierro. Recuerdo el rostro de la mujer que me lo dijo, joven, pelo corto, delgada, tantas veces la había saludado al pasar cuando entraba a diario a visitar a la tía en sus largas estancias allí. Yo siempre la saludaba, a lo que ella nunca dejó de corresponder. Y esa mañana esa mujer me miraba con ternura y comprensión, no sé si me recordaba, seguramente mi cara le sonaba, pero yo conocía su rostro y gestos de memoria, tanto que hoy, más de veinte años después, podría reconocerla.

Tenía unas horas de margen, eran ya las siete de la mañana pasada. Amalia y yo salimos de la Clínica Quesada, cerramos nuestros abrigos y nos enganchamos del brazo dispuestas a volver a casa caminando… y pensando en cómo encarar el día. Bajamos por el Boulevard Chacabuco mientras la ciudad empezaba a clarear. Lentamente, como nuestros pasos, las ideas se me iban ordenando. Caminar del brazo junto a mi prima me hacía sentir el calor del compañerismo y el apoyo familiar. Tenía que pensar y empezar a decidir por dónde empezar.

Alguna de las dos dijo “pasemos por Cerrilla, que nos queda de camino a casa, y preguntemos cuánto cuesta un servicio funerario”. A la firme respuesta de “Vamos” que la otra pronunció, pusimos rumbo a la calle 25 de mayo, calle que con su nombre honraba los acontecimientos históricos que sucedieron ese día. Mientras íbamos pasando cuadra a cuadra, la ciudad amanecía serena, fría, festiva. No era un domingo como cualquier otro. Al mediodía tendrían lugar los actos de la fecha patria y yo esperaba que para esa hora tuviese todo resuelto.

Los tenues rayos de sol se agradecieron, parece que cuando hay sol, hay esperanza y alguna aparente certeza se asoma.

La pregunta en Cerrilla, la funeraria más conocida de la ciudad, tuvo una rápida y cara respuesta: 3500 pesos. Imposible para mí. Cualquier presupuesto sería imposible ese domingo por la mañana, pero había que buscar algo más económico.

Llegamos a casa, la tía Beatriz nos esperaba tomando mate y escuchando la radio. Finita aún dormía. Amalia se preparó su habitual café, hizo tostadas, ordenó la cocina, mientras pensaba en silencio cómo organizar el día. En el comedor, la tía me cebaba unos mates y yo, comprobando que eran las siete y media, me dispuse a llamar por teléfono a mi papá que ya estaría despierto. Tenía que contarle lo sucedido para que pudiera llegar a tiempo a tomar el ómnibus de las nueve de la mañana. Al colgar el teléfono, yo, iracunda, le conté la respuesta de mi papá a la tía y le dije: “¿Podés creer?” y ella respondió: “Ay, este hombre, siempre igual”, con una infinita y cariñosa comprensión.

Luego de esa llamada, infructuosa, determinante, pero tan transparente, esperé hasta las nueve y me acerqué, por sugerencia de la tía Beatriz, a la Mutual de Jubilados que estaba en la vereda del frente para preguntar por el costo del servicio funerario. Si bien era una organización que ofrecía sus servicios a sus mutualistas, tal vez también podrían ofrecerlos al público en general. Y así era, les comenté mi caso y amablemente me ofrecieron una rápida respuesta que incluía facilidades económicas. De ese modo, con solo cruzar la calle, encontré la solución a una parte del asunto. Ahora ya no eran 3500 pesos sino 1500, pero me pedían abonar la mitad para contratar el servicio. Tenía que conseguir 750 pesos lo antes posible.

Y sucedió el acogimiento, como si se tratara de una tribu solidaria estuve al amparo del cariño familiar cercano y extenso: en menos de una hora conseguí el dinero y pude lograr un acuerdo con la Mutual de Jubilados, firmar el pagaré por el resto y avisar a la Clínica que la funeraria de la Mutual se haría cargo del cuerpo de la tía Susana. Ellos me dieron el domicilio de la sala velatoria y me dijeron que a partir de la una de la tarde el cuerpo estaría allí.

Una vez estuvo el trámite resuelto, la casa adquirió un ritmo que tenía algo de domingo y algo de extraordinario.

Finita se despertó y Amalia, protectora como es y con tanta naturalidad a la vez, le contó lo acontecido en las últimas cuatro horas. Ella, mi sobrinita, se lo tomó con la misma calma que hoy, ya adulta, conserva. En tanto, yo me duchaba sin prisa, repasando uno a uno los pasos dados, escribiendo en mi mente los nombres de quienes me ofrecieron su apoyo tanto económico como emocional: familiares, amigos, amigos de mi papá, mamás de amigas mías… Cuando la soledad se reconoce, las compañías llegan.

Terminé de ducharme, iba bien de tiempo. Me vestí con pantalones vaqueros, botas negras, un sweater de lana negro, largo, con cuello y botones, pañuelo de seda al cuello. Tomé mi bolso y miré la hora: eran las doce y media.

En esa época yo vivía con mi prima Amalia y su hija en un departamento céntrico, a pocos metros del trabajo y, por suerte, a unas ocho o diez cuadras del domicilio donde quedaba la sala velatoria de la Mutual de Jubilados.

Mi tía Beatriz se fue a su casa, luego de almorzar y descansar, iría a acompañarme. Amalia y Finita continuaron viviendo su domingo rutinario.

Mi papá seguramente disfrutaba de su chocolate caliente mientras yo, bajo un hermoso, cálido y límpido sol de mediodía de aquel otoño cordobés, fui caminando hacia allí, con la propia lentitud de quien ya sabe a lo que va.

La muerte nunca tiene prisa, y nadie, nadie, se muere en la víspera.

Otra vez sentía ese cara a cara con el Destino. Cada tanto nos enfrentamos: yo pregunto y él no responde. No responderme, a veces, es también una pregunta del Destino. Toda la mañana me dispuse a actuar, a resolver una situación, pero estas próximas cuadras serían el momento de reflexión acompañada por mi andar tranquilo bajo el breve sol otoñal.

Eran siete cuadras desde la casa de mi prima Julia hasta donde quedaba la casa velatoria, en calle Obispo Salguero antes de llegar al Boulevard San Juan. En mi mente no tenía registrada ninguna sala velatoria por allí, así que tenía que ir prestando atención a las fachadas que iban apareciendo ante mi andar. Cuando ya estaba por la zona donde se suponía tenía que estar el sitio de despedida de la tía, advierto un cartel pequeño y sencillo que decía: “Mutual de Jubilados y Pensionados. Sala velatoria”. Era una fachada de cemento pero en tono arena y directamente a pie de vereda, sin jardín, de estilo antiguo pero humilde. La puerta de entrada era de dos hojas sobre un escalón de mármol más gastado al pie de la hoja derecha, la única que se abría habitualmente. A la derecha de la fachada, un gran ventanal hasta el suelo, con una reja baja a modo de balcón.

Definitivamente ese era el lugar. Toqué el timbre, aunque la puerta estaba entreabierta. Parecía una casa de familia y no un lugar donde se desarrollan diariamente esos menesteres. A los pocos segundos aparecen dos muchachos que venían saliendo de la casa, eran los empleados de la funeraria que acaban de instalar el cajón con el cuerpo de mi tía. Al salir me dieron el pésame y me dijeron que si quería ya podía entrar, y se fueron.

Pensé si quería entrar y me respondí que no gracias al sol vivo de otoño que me daba en la espalda. Así que me di la vuelta, me senté en la parte izquierda del escalón de mármol apoyé mi espalda en la hoja cerrada de la puerta, y esperé sin saber muy bien qué, pero esperé al sol.

Esperé sin saber que esperaba, solo estaba ahí, detenida, dejándome vivir con el sol del mediodía que espantaba el frío. La calle estaba llena de coches estacionados y ausente de transeúntes. Era la hora del almuerzo e imaginaba que todo el mundo estaría en esas, pero me daba igual, yo disfrutaba de ese ratito sin pensar en el después.

Al poco rato aparece por allí mi amiga Anita. Somos amigas desde los seis años, somos familia, diría yo. Su mamá había estado pendiente de mi tía Susana, algo que nunca podré terminar de agradecer. Anita me abrazó, se emocionó, posiblemente más que yo, como siempre, y se sentó un ratito conmigo en el escalón de mármol. Se disculpó por no poder quedarse más tiempo, tenía que ir a almorzar con su familia y más tarde estudiar, ella ya estaba en los últimos años de su la carrera, estudió para ser ingeniera agrónoma. Su abrazo y su presencia jamás se podrán medir en minutos sino en eterno compañerismo fraternal.

Anita se fue y el sol y yo nos hacíamos compañía hasta que veo llegar caminando a mi amiga Carolina. Ella y yo somos compinches de salidas, de aventuras, y comadres, porque su hijo mayor es mi ahijado. La hora iba pasando y como Carolina se iba a quedar un buen rato el momento de entrar había llegado. Y ahí fuimos las dos para adentro.

Pasando la puerta de calle había un pequeño zaguán con una puerta que daba a un espacio distribuidor. A la derecha estaba la sala que tenía la ventana a la calle, nos asomamos un poco y vimos que había sillones y mesas pequeñas. Era como una sala de estar. Delante nuestro había dos puertas. Una de madera de dos hojas y otra de metal con la parte superior conformada por cuadrados de vidrio de diferentes colores que daba a un patio. La primera estaba entreabierta y se veía un poco el cajón mortuorio. No tengo costumbre de ver muertos, ni los míos ni ninguno, así que no ahondamos por ahí. La puerta que daba al patio estaba abierta, se podía ver que era un patio estrecho al que llegaba una escalera de metal que no sabíamos muy bien de dónde venía.

Antes de decidir qué hacer escuchamos pasos y nos sobresaltamos ¡pero si estamos solas! exclamamos con el pensamiento… Los pasos se hacían más fuertes y cercanos y nosotras dos sin saberlo casi nos fuimos acercando una a la otra hasta que intuimos la presencia de alguien más en la casa… Yo tenía el pulso acelerado y Carolina con su mirada me decía que ella también. Yo no era especialmente temerosa, y Carolina no era especialmente cobarde, así que ahí de pie, más curiosas y expectantes que otra cosa, vimos aparecer a una señora mayor, bajita, con su traje de domingo, cartera en mano, abrigo puesto, que nos dijo “¿ustedes son los familiares del muerto de hoy”? Inmediatamente respondí que sí, y ella, muy amablemente nos dijo “Cruzando el patio está la cocina. Ahí tienen todo para hacer café, hay tazas, azúcar… lo tienen todo. Yo me voy a la casa de mi hija y regresaré mañana. Buenas tardes.”

Le agradecimos a la vez, le dijimos buenas tardes, y cuando ya se había ido nos miramos y aliviadas nos dijimos “¡Qué susto, pordióssss!” echándonos unas risas en medio de aquel momento tan gracioso.

Carolina tiene una manera de reírse de estas cosas que hace que todo se vuelva menos solemne y más divertido. Cruzamos el patio y nos metimos en aquella cocina tan de hogar, tan antigua y sencilla. Las tazas eran desiguales, el azucarero era antiguo y no estaba reluciente. La cafetera era de esas que son estilo italiano, grande, como para seis pocillos por tanda. Caro esa tarde hizo café para todos los que iban llegando a saludarme y yo en cada café sentía su abrazo.

El sol se estaba yendo, pero no la luz. Cerca ya de las tres de la tarde llegó mi tía Beatriz, dispuesta a quedarse toda la tarde conmigo. Le contamos el episodio de la señora que vivía allí mientras tomaba un cafecito de Carolina. Estuvimos las tres un ratito en la cocina, asombradas por el lugar, como si no estuviéramos en un velatorio, ninguna se asomaba al cuarto donde estaba el cuerpo de mi tía, pero estábamos acompañándonos y despidiéndola a la vez.

A esas horas mi padre ya habría tomado su chocolate y estaría subiendo al ómnibus que lo traería a la ciudad. Eran tres horas y media de viaje. En todo ese tiempo iría enfriándose la ciudad por el clima, llegarían personas a darnos el pésame, principalmente amigas de mi tía Susana, y yo seguiría allí sabiendo que tenía a un lado un café amigo de la mano de Carolina y al otro la segura y amable presencia de mi tía Beatriz.

Poco a poco el día se iba diluyendo, Carolina tenía que irse a su casa, la abracé con un gracias y se fue. La gente iba llegando y yo no conocía a muchos, pero sus amigas, que ya estaban allí, también acudían al encuentro de los que se acercaban a darle el último adiós a Susana.

Yo ya estaba cansada, me senté un rato con mi tía y juntas observábamos la sala, la gente, la vida… Creo que las dos pensábamos, sin decírnoslo, que una vez más estábamos en una despedida, una vez más, pero todas distintas. ¿Cómo puede ser la muerte tan igualitaria y cada vez tan diferente?

Al poco, y por fin, llegó mi padre. Ya estaban las tenues luces de la casa encendidas, aunque todavía no eran las ocho de la noche. Venía muy abrigado, sus manos y su cara estaban frías de andar por la calle, nos saludamos brevemente porque todos querían darle el pésame a él. Al saberlo allí, todo mi cansancio se hizo presente, mi hartazgo sereno y resignado se transformó en un impulso imparable: quería irme. Casi sin que se quitara el sobretodo le dije: “Pá, me voy”. Él me miró y me dijo “Cerramos esta noche ¿no?” Mi respuesta fue un “como quieras”, con la convicción de que yo no volvería hasta el día siguiente para el sepelio. Él me dijo que en una hora cerraría y que nos veríamos más tarde para la cena.

Del brazo de mi tía Beatriz salí de allí. Cansada. Más amiga de la muerte e inquieta con el Destino… Solo tenía un presente que me decía que debía descansar, que al día siguiente tenía que avisar en mi trabajo que necesitaba el día libre. Aparecían en mi mente todas las preguntas, todos los viejos enfados que no podía dejar salir por temor a desmoronarme y querer huir hacia otra vida imaginada. Todo volvía a la realidad hablando con mi tía Beatriz del vestido de una, de la cara de la otra, ¡de la cruz de flores rojas y amarillas como la bandera española que una de las amigas le puso en el cajón! Y entre esas risas volví a sentirme en el eje que nos transita y del que no se puede escapar.

Llegamos a la casa de mi prima Amalia. Ella nos esperaba con la cena, hacía frío. Era un departamento acogedor. Ella me había acompañado toda la mañana, desde que sonó el teléfono hasta que la tía falleció ante nuestros ojos. Todo se normaliza cuando la familia te ayuda, te acompaña y va haciendo suyas las circunstancias de cada uno.

El día estaba terminando. La tía Beatriz pidió un taxi y se fue a su casa. Ella también estuvo presente todo el día. Sin sus palabras no hubiera entendido a mi papá, sin su presencia no hubiera sido tolerante con la tarde que por momentos se hizo larga mientras recibía los pésames de desconocidos.

Me duché como quien acude a la magia para quitarse de encima el cansancio. Gracias a ese cansancio no escuché los reclamos de mi corazón y las preguntas y respuestas del Destino; solo recibía la cotidianeidad de mi prima, de mi sobrina, en definitiva, del hogar.

Ducha y hogar se transformaron en el bálsamo reconstituyente que recompuso un día de muerte, de sol, de amistad, de risas y de comprender que amando y aceptando al otro tal como es podemos ir más livianos por esta vida, porque todos estamos a un instante de ya no estar en ella.