amores

Un año de asilo

Comenzó con una noche de asilo. Días de Tiempo y noches de engarce. Él le daba prisa y torbellinos y ella empezó a sospechar que con una noche real no bastaría. Quería caminar despacio y en silencio, pero la música la hacía bailar, cantar, reír, sentir… Hacía frío. Todo dejaba de ser como había sido.

Los días de invierno son cortos, pero a ella se le hicieron largos y luminosos. Nada de quietud, nada de rutinas. Risas, bonus tracks, músicas y planes de lo que sea. Ninguno quería pensarse más sin el otro.

Los relojes cambiaron su ritmo.

Ardores extenuados, arrullos de callaos, golpes que se colocan mientras suave el amor los envuelve. Caminando renacieron sus pulmones en su tinta. Son casi mil los versos que la envuelven, son casi mil los amores que lo cobijan.

Y allí van, parte del aire, van en libertad, naciones que se fundan en repúblicas inquietas de espacios inmensos y rincones escuetos. Ella agradece el refugio que desea le ponga fin a la marginada sombra, a la independencia sórdida y al clamor de lo infinito. Ese refugio siempre incierto es lo único que ensancha los caminos.

Es Tiempo de asilo, de voltear paredes invisibles, de llenar los espacios con amor y paciencia, con costuras rehechas, todo y nada será nuevo entre los dos. Todo puede desaparecer mañana, pero nada hará que desaparezca porque cuando las paredes se vuelven invisibles, se cierran los ojos y se mira con el alma.