amores, vida cotidiana

Peces de colores

Él solo le pide trece minutos. Ella admira su austeridad.

Las personas tienen el tamaño de su corazón y por eso es que él anda por la vida inmenso, lleno de poesía y con la risa en el filo del encuentro. Él heredó el corazón, está claro, y lo ejercitó. Ella lo recibió a él como herencia.

Le pide trece minutos envueltos en un favor, explicados en detalle: tres para una cosa y diez para otra, siendo ambas el hecho de escuchar su arte.

La complicidad de la genética les acompaña en la charla profunda y burlona. Las conversaciones gambetean entre la realidad y los ideales, pero terminan haciéndole un gol al corazón del otro que ambos celebran en un abrazo brillante y cargado de novelas antiguas.

Nunca están solos cuando se encuentran, puede venir un poeta, un cuento, una canción, una reflexión, una emergencia… Él se remuerde por el tiempo perdido, para ella no hay tiempo que delimite la fraternidad.

Él dice que en ella no hay maldad. Ella, en cambio, cree que el que no alberga maldad es él.

Los ratos que comparten desprenden la alegría de los peces de colores.

Ninguno se ha dejado deslumbrar ni por una dama negra ni por el hastío del vacío. No hay mejor antídoto para el deslumbramiento que tener una buena raíz. Ella, en la montaña. Él, en el mar. Y en la orillita, otra vez los peces de colores zigzaguean celebrando.

Él detiene su marcha cuando en una frase cualquiera detecta una puerta entreabierta, toma su libreta, apunta fecha y hora, abre comillas y la escribe tal cual ella la pronuncia. Ella entiende que eso es la inmortalidad.