hallazgos

Las manos de Manolo

Caminábamos sin rumbo fijo por una callecita del barrio Realejo buscando la gratificante sorpresa que siempre trae el entregarse al camino. Nos gustaba la calle, pero más nos gustó cuando Macaya me dijo «¡Mira qué bonito nombre tiene esta calle! Se llama Ánimas ¿no es bonito?» Al instante se me aparecieron imágenes de tiempos que existen detrás de esas paredes invisibles que suele haber, eran personas transitando por la misma calle que nosotros en otro tiempo, de las que ahora solo se rozan sus ánimas. Pero pronto me llamó el presente… Casi llegando a la esquina que daba con la Cuesta de Gomérez, a nuestra derecha empezó a mostrarse una tienda donde fabricaban artículos decorativos de madera con estilo árabe. Por la calle principal estaba la puerta, pero lo primero que vimos fue una ventana sobre la calle transversal por la que íbamos, la calle Ánimas. Me acerqué atraída por la mesa de trabajo que se vislumbraba a través del cristal entre el reflejo luminoso de la tarde granadina y nuestras propias sombras. Según me movía iban apareciendo la mesa de trabajo con pedacitos de maderas, un tarro de cola, varias pequeñas herramientas con las que se recorta el material y unas manos masculinas, artesanas, bellas, amplias y blancas, con movimientos ágiles y certeros, que cortaban diminutos pedazos de finas láminas de madera. Eran manos jóvenes y activas, danzaban con una música que solo se podía ver, no escuchar. Me fascinaron tanto que no miré más allá y le dije a Macaya “mirá, vení a ver… mirá las manos de este hombre, mirá cómo hace las cajitas. Son hermosas esas manos. Entremos a ver…”

Caminamos hacia la esquina, doblamos a la derecha y en dos pasos ya estábamos dentro de la tienda que nos recibía con todos los tonos de marrón que se puede imaginar repartidos en cajitas, cajas, portarretratos, cajas para fósforos, mesas tipo árabe y adornos decorativos con motivos de la Alhambra. Con su guardapolvo azul, que apenas distinguía desde la ventana, estaba Manolo de pie frente a esa mesa de trabajo, sin levantar la vista cada vez que alguien entraba a su negocio, él seguía en su música artesana. Sentí vértigo al saber que estaba conociendo al dueño de esas manos. No muy alto, con abundante y canoso cabello, y con muchos años de oficio. Ojos color miel, mirada clara, voz suave pero que con el parlamento de Macaya se volvió cantarina y nos envolvió con la historia de cómo se inició en el oficio y con la anécdota de cuando vino a Tenerife con su esposa, quien sentada detrás de la caja, asentía sonriente, a veces con esa mirada que dice «mejor no te lo cuento yo» cuando él mencionaba a las mujeres suecas que vio por Canarias, y otras acompañando con gesto de satisfacción cuando Manolo nos decía que sí, que su hijo había aprendido el oficio y que al menos en la siguiente generación su arte perduraría.

Manolo es un hombre de dos mundos: en sus manos se conserva una modernidad y juventud atemporal, un vigor certero que rápidamente pasa su herramienta de corte por la lámina de madera para hacer realidad sus propios diseños con los que decora los artículos más tradicionales, como las cajas y las mesas árabes, pero también los que son útiles, como los posavasos o los portalápices, o joyas artesanales como los tableros de ajedrez. Su otro mundo, el que se descubre mirándolo a los ojos, escuchando sus anécdotas y viéndolo junto a su mujer, es el mundo que todos aspiramos tener: un amor, un oficio y una vejez activa que combina ambos.

Menos mal que Macaya tuvo la feliz idea de pedirle a Manolo si le podía sacar un par de fotos…