vida cotidiana

La pizza

Tengo todos los ingredientes delante de mí: harina, levadura, sal, agua y aceite, no sé si seré capaz de unirlos armoniosamente, en las medidas correctas. Para lograr hacer una pizza hay una manera, me pregunto si podré intuirla. Así, intuyendo a la vez que respetando laxamente las proporciones indicadas en alguna receta, voy mezclando los ingredientes que poco a poco se transforman en una masa sin forma. Al tacto es pegajosa, no me gusta, casi rechazándola pienso en cómo limpiarme después. Separo mis manos de la masa, más bien del engrudo y estando a punto de desistir de mi intento reflexiono… Quiero comer una pizza casera, hecha por mí, recordar cada ingrediente cuando la pruebe, identificar sus sabores, revivir el momento del encuentro entre ellos, de su mezcla. Para darme con el gusto, aunque un poco remilgada, continúo; empiezo a sentir que algo me encorseta y sin siquiera identificarlo me dejo empujar por el impulso de meter mis manos en la masa, suavemente pero con firmeza, sintiendo ya un poco de libertad.

Hacer quiere decir producir algo, darle su primer ser. También quiere decir dar forma a algo o ejecutar, poner por obra una acción o trabajo. Dejo de pensar y pongo mi energía en actuar. Vuelvo a meter las manos en la masa pero ya con la conciencia de que esta pizza será lo que yo haga de ella. Abro mis dedos para agarrarla con más confianza, la siento sin forma, adherente, cierro las manos estirando la masa para afuera en todas las direcciones, a fuerza de repetición noto como adquieren ritmo propio, por momentos parece que estuviese tocando el acordeón, hermoso instrumento que solo puede respirar gracias al vaivén sinuoso de las manos. Mi masa inspira y espira, se come la harina, con su textura húmeda me pide más… la alzo con una mano mientras con la otra esparzo harina sobre la mesa en forma de lluvia, casi simultáneamente vuelvo a dejarla sobre ella amansándola un poco más. Me retiro, la observo. Un rato antes estaba delante de varios ingredientes: harina, aceite, sal, levadura, agua… Ahora somos solo dos, esa masa y yo. Las dos solas en mi cocina, en silencio, expectantes.

Por momentos no sé cómo seguir, la situación inquieta. Busco serenarme esperando que la masa me exprese su necesidad. Espero un poco más hasta descubrir que lo mejor será dejar de esperar y pasar a la acción interpretando de la manera más apropiada su textura, su color, su comportamiento, observándola, poniendo a un lado mi deseo para permitir un nuevo espacio donde pueda convertir esta masa en una pizza. Vuelvo a amasarla pero la fuerza ya no sale solo de mis manos. La masa se está acostumbrando a mi tacto, a mi calor, y con mi calor ella se hará pizza. La masa necesita de mí para ser.

Cocinar con amor es la clave, amar y cocinar se parecen mucho porque solo entregándose hasta el final se logra, de nada serviría dejar esta masa aquí e irme a comer fuera o poner a hervir unos fideos. Posiblemente mitigue mi hambre, pero esa masa morirá porque se echará a perder si no continúo amasándola, esperándola, haciendo de ella, y también con ella, una pizza.

Uní los ingredientes, amasé, le presté atención para entender sus necesidades y ahora, sabiendo que ya recibió todo lo que precisaba, convencida de la tarea, debo dejarla reposar. Tengo hambre, pero la esperaré. Es parte de la entrega, de mi deseo de comer pizza casera.

Le doy unas cuantas vueltas más, algunas contundentes, otras con delicadeza como si fuesen caricias. La dejo en forma de bola, redondita, tersa. No tiene poros, su color es amarillo suave, muy suave, casi blanco. La dejo descansar debajo de un paño rayado, apago la luz de la cocina y me voy al salón.

Me pongo a ver la televisión pero pienso en la masa, solo con tiempo logrará ser lo que ambas queremos. La masa necesita una hora de reposo, así se dice: necesita reposo. Ante mí aparece la necesidad de transitar esta espera, sin ansiedad pero con atención, sin apuro pero con el pensamiento allí bajo ese paño. No quiero hacer otra cosa en esta hora porque nada me motiva a perder el hilo de este reposo en la distancia, de esta compañía, hasta que ella madure y yo entienda.

No es mi pizza, ahora me doy cuenta, es una masa cuyos ingredientes me han permitido poner las manos, la intención y la atención. Ellos tienen sus límites y yo los míos, pero recorremos juntos este camino. Se brindan silenciosamente provocándome la responsabilidad de hacerles brotar lo necesario para hacer una pizza, esa es mi entrega y aquella su nobleza. Más allá de la utilidad que me prestan, los cuido por su generosidad conmigo.

Esperando el cumplimiento de la hora me encuentro disfrutando de vigilar aquello que dejé bajo el paño. Estoy haciendo sin moverme, esto es hacer sin acción, es una acción sin movimiento. No me muevo, no físicamente sino con el pensamiento. Estoy aquí sentada mirando la televisión sin mirarla porque realmente estoy haciendo una pizza.

Ya la hora de espera no me importa, el tiempo se ensancha e ilumina, esa masa me muestra que hacer es cuidar, es amar sin decir, es mucho más que creer y prometer. Me asomo a la ventana y observo que están encendidas las luces de la avenida, me parece temprano para eso, miro la hora y es más tarde de lo que pensaba. Al volver la mirada hacia el salón tomo conciencia de las penumbras que anuncian la noche, la pantalla de la televisión enmudecida aclara un poco el ambiente.

Espero un ratito más sentada delante de las noticias. Descubro lo infinito de una hora, aprecio la experiencia del camino, deseo quedarme en esta espera sin las ansias de ver la tarea terminada, aún queda hornearla, elegir los tomates para la salsa, optar por el tipo de queso que voy a ponerle, decidir entre el orégano y la albahaca… Por ahora me conformo con este paso, con haber cruzado el umbral y entrar en el convencimiento de ser capaz de trascender sencillamente en lo efímero de una comida, en la masa de mi pizza.

Escrito en el taller «Lo personal y lo poético» de ciudArte, dirigido por Francisco Ramírez Viu.