hallazgos

Ella no come porquerías

Eran casi las tres de la tarde y el calor apretaba. Teníamos un buen rato antes de irnos al aeropuerto así que decidimos bajar a playa Santiago a pasear y conocer el lugar. No nos bañamos para no enredarnos más con bolsos, duchas y cambios de ropa, pero sí nos apetecía sentarnos en alguna terracita a tomar algo fresco.

Mientras yo hablaba por teléfono con mi prima Beatriz, Macaya buscaba un bar donde pasar el rato. Él sabe mucho de bares y yo confío en su sabiduría. Con la oreja libre escucho que el camarero del bar elegido dice «Cerramos a las tres» y eran las menos cinco. Pues nada. A seguir bajo el sol y bajo los sombreros.

Un poco más allá encontramos una plaza muy bonita que daba a la avenida marítima, bueno, a lo que sería la avenida que da a la playa. Tenía unos bancos amplios debajo de un gran laurel de indias, tupido y bien recortado que hacía las veces de techo para los transeúntes. A la izquierda, en un recodo de la plaza y entrando por el costado de la calle, vimos tres bares: uno cerrado, otro con mucha gente pero se veía que servían almuerzos, así que nos decidimos por el tercero, por el más vacío. Tenía un toldo amarillo que a la vez de sombra daba calor. Nos sentamos en la mesa más para afuera que había libre, buscando un poco de fresco sin perder la sombra.

Al rato apareció ella. Estatura media, más bien baja. Pelito corto y fino, rubia, con un corte moderno de esos que tienen más largos los pelos que dan a la cara. Anteojos que con su peso parecía que le tiraban la cara para abajo, cristales gruesos que casi no dejaban ver lo poco que sus párpados mostraban de sus ojos. Nariz importante, labios finos, tez clara. Camiseta de algodón blanca con dibujos en celeste, pantalón oscuro y ceñido, delantal de camarera negro y zapatos cómodos. Podría llamarse… Antonia. Sin ninguna prisa ni sonrisa se nos acercó y dijo: «Qué quieren», así, sin signos de pregunta. Después de darle las buenas tardes con tono amable, Macaya le pidió un ron con cola zero y yo, no recuerdo si me miró o no, le pedí una tónica con hielo y limón.

Dió media vuelta con el peso de las gafas en la nariz y se metió en el bar.

Pasados unos minutos se acercó nuevamente y antes de llegar a la espalda de Macaya, de su voz suave y opaca salío: «Señor, no recuerdo si me dijo cola zero o cola light». Luego de confirmar que era cola zero, repitió el regreso anterior y se perdió por la puerta del bar, donde las luces estaban apagadas y solo se podía ver un muchacho recargando la máquina de tabaco. Parecía que no había nadie más allí dentro.

A mí, como que me faltaba algo. Habíamos comido unas arepas exquisitas a eso de las doce y pensé en pedirme algo para picar sin que sea comida. «Voy a ver qué hay dentro del bar, a ver si tiene unas papas fritas o algo…» le dije a mi Macaya que aún esperaba su ron.

El recinto estaba iluminado solo por la luz que entraba de afuera. A la derecha, unas mesas y la máquina de tabacos a corazón abierto con su cirujano de mono azul. A la izquierda estaba la barra y en la pared colgaban los expositores de papas fritas. Ella lavaba unos vasos en el extremo derecho de la barra. Creo que ni me miró. Alcancé a ver unos paquetes de papas fritas color rojo y en el estante de abajo otros de color azul, pero justo al lado, uno más pequeño y dorado, como suelen ser los de las papas fritas de paquete que me gustan a mí, esas que dicen que son naturales y hechas con aceite de oliva. En verdad, solo distinguía los bultos entre la penunbra y la presbicia, entonces, y a la vez que me acercaba a la barrra, le dije a la señora: «Disculpe, me gustaría comer unas papas fritas, pero no alcanzo a distinguir cuáles tiene. ¿Las que están a la derecha son esas que vienen naturales?»

Ella, sin levantar la vista ni dejar de lavar los vasos, me dijo: «Señora, como yo no como porquerías no tengo ni puta idea. Sé que tienen aceite de oliva…»

«Ah, claro… No se preocupe, mejor no como nada.» le respondí y me fui despacito para la mesa, despacito y sin reaccionar para que nada hiciera que me olvidara de esa frase, del tono, del gesto agachado, del hastío irónico. Despacito para que la risa no me ganara, ansiando llegar a la mesa y contárselo a Macaya. A él se le iluminó la cara… «Es cojonudo» dijo, y solo deseábamos que viniera con las bebidas.

Él estaba de espaldas al bar, de frente a la placita del laurel de indias. Desde mi posición, tenía a la izquierda el bar y a la derecha la plaza, amplia visión. «Ahí viene» le avisé a Macaya con la boca chica.

Sus manos eran fuertes, dedos grandes, uñas cortas y sin pintar. Manos trabajadoras y autoritarias. Se fue a atender otras mesas. «No mangiare. Coffee. Coke…» monosilábicamente se expresaba a unos nórdicos que se sentaron por ahí atrás.

Yo la miraba ir y venir. Al traer los pedidos dejaba la bandeja en una mesa vacía y poco a poco ponía los cafés, las copas, lo que sea, en la mesa de los clientes y con fuerza, con ruido. Luego miraba con la cabeza gacha si había que repasar alguna mesa vacía, recogía y con el paño la limpiaba y quedaba impoluta. Siempre con el mismo ritmo. Seguramente de joven esa mujer fue atractiva, algo tenía, algo machacado por algún mal rato de esos largos que te fastidian el resto del viaje. Pensaba en ella y le confié a Macaya: «Seguramente el marido la abandonó, ella tuvo que hacerse cargo de este bar que el sujeto le habrá dejado lleno de deudas…» Él se reía y ya no solo ella le resultaba interesante sino también mis ficciones.

Rápidamente tuve que mirar a mi derecha porque un ruido venía del quiosco de plaza que estaba frente nuestro, antes del laurel de indias. Un señor, mayor, bajito, con polo azul celeste, poco pelo y blanco, abría el quiosco, iba y venía a su alrededor. Nos llamó la atención y precisamente mientras lo estábamos mirando, que era lo que teníamos delante, a unos cinco metros, vemos que de modo iracundo empuja unas sillas de bar de plástico apiladas y dos mesas de plástico también. Pero como no fue suficiente el empujón, les dio una patada y volaron suavemente hasta chocar y volcarse en el tronco un árbol. Algo refunfuñó el hombre y se metió en el quiosco. Nosotros, asistiendo a un espectáculo de ira veraniega.

Ya teníamos que irnos, el tiempo en La Gomera está marcado por los barrancos y las curvas. No quería volver, hacía mucho que no quería volver.

No hacíamos más que pensar en cómo y qué frases usaríamos para hablar con ella. Macaya decía que aprendió de su madre unas técnicas antiguas para domar antipáticos, aunque ambos sabíamos que Antonia no era antipática, sino que estaba harta de algo y que no encontraba remedio para eso.

Le pedimos la cuenta. Nos dijo que eran cinco euros con cincuenta céntimos. Mientras él busca el monedero, le dice: «Qué bien se está aquí ¿no?, qué tranquilidad». Ella, sin levantar la cabeza, responde: «Demasiado». Sigue buscando y trasteando entre la cartera y el monedero, y como para ablandarle el gesto le dice: «¿A cuanto estámos de Alajeró?». Ella, inmóvil y esperando, levanta un poco la cabeza y con gesto de pensar nos explica que a unos diez minutos, pero que allá debe hacer mucho más calor, que mejor no ir.

Él saca un billete de diez y ella le dice: «Señor, ¿no tendrá cincuenta céntimos?» Macaya, sabiendo que no tiene, me mira y me pregunta si yo tengo, le respondo que no. Ella lo mira y dispara monocorde: «Esta está más limpia que una escopeta»

¡Qué más podemos pedir! Esa actitud tan irreverente pero siempre en tono formal y con trato de usted, ese amargo y activo andar, esa suave sonrisa al reconocer que uno admiraba esos gestos… Tan auténtica, Antonia o como te llames.

Necesitamos más mujeres como ella.